Mucha de nuestra relación con la música
pasa por la sensación de compañía. En no pocas ocasiones cierta melodía,
cierta canción, incluso una tonada apenas, se convierten en algo muy
parecido a una presencia, algo que está ahí pero que no viene solo, sino
que nos enlaza a otras cosas: emociones, recuerdos, imágenes tomadas de
algún lugar y que emergen de pronto.
En este sentido, uno de esos pequeños
enigmas que existen en torno a la música es el vínculo que establecemos
entre esta y nuestras emociones, en especial, el extraño efecto de que
una pieza musical que podría considerarse “triste” (por su melodía,
dominada por notas menores, o por su letra) nos hace sentir bien,
incluso puede llegar a alegrarnos. ¿Por qué sucede esto?
La psicología y la neurociencia
contemporáneas han ofrecido varias respuestas al respecto. En Japón, por
ejemplo, a mediados del año pasado se realizó un estudio en el que se
concluyó que las canciones tristes propician las llamadas “emociones
vicarias”, que en el caso específico de las emociones poco agradables o
negativas, nos permiten sentir que las experimentamos pero “a
distancia”. Escuchar una canción de dolor, de nostalgia o de tristeza
cuando no nos sentimos especialmente dolidos, nostálgicos o tristes es,
de acuerdo con esta investigación dirigida por Ai Kawakami, tener de
cerca dichas emociones pero sin la amenaza que a veces representan a
nuestro estado de ánimo.
Otro estudio plantea una interesante
hipótesis al respecto de dicho efecto, apuntando hacia la noción de
equilibrio emocional. De acuerdo con la investigación del Dr. Matthew E.
Sachs y otros, algunos escuchan canciones tristes con el propósito un
tanto inconsciente de mantenerse emocionalmente equilibrados, como si de
cuando en cuando una dosis de tristeza actuara como contrapeso de otras
emociones experimentadas en el día a día. El estudio destaca además por
reconocer que si bien en la vida contemporánea la tristeza se vive más
bien desde la negatividad, estéticamente su recepción y percepción
pueden virar hacia el placer y la satisfacción. Aunque suene
contradictorio, al menos en la experiencia estética es posible que
sentirnos mal nos hace sentirnos bien.
Curiosamente, esa misma búsqueda de
equilibrio emocional también parece extenderse hacia el disfrute de lo
nuevo y lo desconocido, lo cual no necesariamente se refiere a las
canciones tristes sino más bien a las caóticas. Hay quien se siente bien
escuchando géneros experimentales (como el jazz), ruidosos (como el
metal), disonantes (como ciertas composiciones de la música académica) o
francamente cacofónicos. De nuevo esto puede parecer incomprensible,
pero según esta investigación parece ser que en algunas personas ocurre
un efecto positivo, de recompensa, en la escucha de música que desafía
las estructuras habituales.
El enigma, en resumen, no tiene una sola
respuesta, y en todo caso nos hace ver no solo que la mente humana es
contradictoria, sino también compleja, y quizá por encima de todo, que
en la música, como en otras cosas de la vida, el disfrute es más
importante que la explicación.
(pijamasurf.com)





